Siempre quise ser diplomático, pues era la vía a la vida bohemia y cosmopolita. Por alguna razón terminé estudiando medicina. Pero esa es otra historia. La medicina no me ha impedido ejercer mi vocación real, al menos, devorando libros de Historia, filosofía, literatura y otros más en todas las áreas del conocimiento. He viajado más que cualquier embajador y he amado como marinero errante.
Fue en una taberna de Munich y mareado por las cervezas que comprendí lo importante de conocer el cuerpo y sus dinámicas internas. Un hombre, bien entrado en los 60, se encorvó sobre la barra, parecía morir de ahogos. Nadie se atrevió a acercarse. Los alemanes parecen muy envalentonados a la hora de la chacota, pero en las crisis se arredran. Lo eché al suelo y le apliqué respiraciòn artificial y bombeo por golpe en el pecho. Mientras venía la ambulancia, los primeros auxilios permitirían al hombre mantener oxigenado el cerebro. Pero no había mucho tiempo.
Lamentablemente el hombre murió en mis brazos y reparé en lo importante que es recordar la mortalidad y hundirse en la vida, así literalmente. Lo diré en otros términos, hay que vivir aquí y ahora de la mejor manera que podamos.
Unos años después en Sudafrica entendí que la vida vale su peso en oro y que sólo nos damos cuenta al borde de un abismo. Cuando salí del hotel Furuanba en el centro de Johanesburg tres sujetos negros, macilentos y rabiosos, me siguieron. Las calles parecían atestadas de hombres atentos a caerle encima a cualquier turista blanco. Cuando me cercioré que me seguían enrumbé a una verdulería, pero los hombres no pararon en el intento de acorralarme para robarme. En la puerta de la tienda me detuvieron, me golpearon con saña y me quitaron mi dinero y mi pasaporte. Cuando uno de ellos se disponía a hacerle leña con un fierro, llegó la policía. Quedé mal herido en un hospital y la vi muy verde para salir de Africa y volver a Lima. Si hubiera llegado como diplomático y no como aventurero hubiera sido otra cosa.
Mi siguiente brote de adrenalina lo viví en París hace poco. Admito que mi francés no es el mejor y que a los franceses les pica que un extranjero hable un mal francés. En esos casos si voy a una baguetería y me agenció de una jugosa empanadita parisina, la obtengo por haberla pedido en inglés. Si la pido en mal francés es posible que ni me atiendan. He tenido muchas broncas con los malhumorados francos y detesto volver. Quizás por eso me metí en un lío fenomenal con Antoine, el esposo de una amiga peruana. Él me detestaba y yo a él, sólo por Martha hablabamos y conciliabamos en conversaciones monótonas y formales. Un buen día le dije que mi ciudad predilecta era Estambul, que me había enamorado bajo su cielo anaranjado.
El sujeto rabió y la cosa llegó tan lejos que me apuntó con su revólver. Corrí asustado y me alcanzó una bala en la pantorrilla. Fue un roce, pero suficiente para derribarme. Sentí mucho frío, no sentì dolor sino una quemazón en la piel. Poco a poco sentí que me faltaba el aire y que el mundo se me iba. Ignoraba si la bala me había penetrado el cuerpo, pero sangraba profusamente.
Desperté en el hospital y cuando salí, lo primero que hice fue buscar a Martha en su apartamento cuando el sujeto trabajaba. Se disculpó por él, pero la arrastré a la cocina y copulamos sobre una mesa repleta de verduras y picantes, de salsas y frutas. Jugamos a probar los sabores y a untarnos desnudos de aceite de girasol, bebí su grasa en la piel. Nos besamos entre sabores dulces y amargos. Nunca lo disfruté tanto hasta que el sujeto llegó sorpresvamente y antes de tiempo. Lo habían liberado, pero estaba sujeto al juicio. Me escondí en el closet de su habitaciòn (la clásica) y oí cuando conversaban y cuando él la desnudaba y descubría el aceite y las salsas en su cuerpo. Oí el tronar del arma y temblé. Esta vez sería definitiva.
Mientras buscaba en la cocina, me introduje por un ducto y gané el pasadizo del edificio y luego la calle. Caminé desnudo por algunas calles y a la vista de la Torre Eiffel me arrestaron por indecente. Me embarcaron en un aviòn al día siguiente.
Cuando uno pasa por esas cosas aprende más de la vida que de la muerte, y al final si sólo algo tenemos es este preciso instante en que tecleo mi computadora, en que masco la andelia de menta y gozo del aire helado y calmo de mi habitación
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2 comentarios:
Y se llama "Un dia cualquiera"??
Sólo un día tuyo podría tener tanto vértigo.
Admiro a la gente que puede hacerlo, nunca pude estar así, al límite.
Igual, nunca digo nunca.
Besos...
Gracias Gabriela, nada hay mejor que vivir al limite, solo entonces sabemos que estamos vivos
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