Confieso que me inicié algo temprano en los avatares del amor y no precisamente en la entrepierna de una hetaira. Fue una tarde de invierno. Oía a Bach en mis 10 y mi prima Francesca se deslizó hacia mi cuarto. Furtiva como ella sola. Pero no sean mal pensados, Francesca no tenía otro interés que la música y el viejo piano de la casa. Por eso nos visitaba de vez en cuando, para tocar a Chopin y lo hacía muy bien como sus tártaras a lo Facossie. Ella venía de París, había nacido allí y pasado toda su niñez y parte de su adolescencia en la ciudad luz y allí la conocí. Habitabamos su casa.
Mi tío era un diplomatico y poeta. De él aprendí a escribir versos y la buena vida. Era un bon vivant que había recorrido el mundo. Nos fascinaba con sus historias en el desierto africano, sus cacerías. Yo siempre quise ser como él. Era un cosmopolita adicto a las novelas. De él también aprendí el amor a la música, a la buena música, a Mozart y Wagner, a los impresionistas en pintura.
Recuerdo que con la prima practicabamos en el piano y la odiaba porque tocaba mejor que yo la polonesa y brindabamos a escondidas. Ella a sus 14 parecía saber lo que hacía.
Mientras mis padres dormitaban en la sala, una tarde antes de regresar a Lima, yo me regalaba al deleite y sin saberlo, delante de la prima en la bibloteca de mi tío, rodeado de Milton, Cervantes, Zolá, libros que había leído en el mes de mi estancia en París. A solas me gozaba en mis ensoñaciones, mientras ella introducía sus dedos en su pubis, discreta al principio. Reparé en ella cuando oí sus gemidos y cuando noté que se acercaba.
Tuve miedo y lo tuve más cuando se descubrió a mí, cuando dejó ver su desnudez y me reveló lo que no sabía. Unas cavernas rojizas, muy blandas y húmedas. Esa fue mi primera percepción del sexo aún antes de abandonar la niñez. Ella saltó sobre mí, el sofá parecía que se iba a romper. Recuerdo al tiempo que no sangró, que antes de mí algún otro u otros más habían pasado por encima de ese cuerpo animal.
Cuando concluímos le expresé mi extrañeza. Trató de explicarme y de consolarme. Me pidiò que no dijera nada, que su padre la mataría. Nunca lo hice hasta hoy. Y precisamente luego de que volvimos, 30 años después a acostarnos. Esta vez recorridos y calmados, con toda la experiencia a cuestas. Casados ambos, hicimos el amor.
Mientras Lucía llevaba a Luis al peluquero, Francesca llegó a la casa. Venía de Palacio de Justicia, de tramitar su divorcio. Estaba triste y necesitaba un hombro en el cual apoyarse. Si Lucía estuviera en casa, la hubiera echado a la calle, la odia a morir. Copulamos sobre la mesa del comedor y sobre la alfombra de la sala. Luego desapereció. Todo fue tan distinto y ella era tan diferente. Las luces se apagan y el día da paso a las brumas de la noche. "Nosotros los de entonces ya no somos los mismos"
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