La vida es un paseo y no más que eso. Sólo que en el camino se nos va muriendo la gente, los fracasos nos cargan con sus puntas, la familia se dispersa, los matrimonios se resquebrajan, los problemas nos revuelven el alma, nos sometemos a una puta disciplina que odiamos para llevar unos magros centavos al hogar, etc etc. ¿Mientras tanto que hará usted?
Esa pregunta me la hizo un amigo filósofo en Viena hace unos años. Frente a mi desconcierto, el hombre se contestó a sí mismo: vivir.
Para él y ahora para mí, vivir es viajar y renovarse (como diría D'Anunzzio) y es más, es amar a cuantas mujeres se me crucen por el camino, devorar vida, besar labios, enamorarme las veces que pueda, ser infiel por placer, leer muchos libros, escribir, ver todas las películas, comer de todo y de lo fino y exótico, beber, etc etc. En eso consiste el paseo, el buen paseo, en vivir intensamente el "aquí y ahora" hasta el hedonismo, mientras la vida y sus tragedias nos pasa por delante. Lo peor es ponerle mal rostro a las innumerables desgracias.
Hace unos años, una vedette sin cerebro dijo que "vive la vida y no dejes que la vida te viva". Frases tan sabias, que al final no importa de donde vengan sino lo que transmiten.
Por eso el viernes dejé que mi secretaria me hiciera un fellatio inolvidable y por eso le hago el amor a una esposa que detesto, porque no soy tonto. Paula, la secretaria, quería desde hace meses entrar a la cola y la dejé pasar. Comimos una lasagna en Larcomar y la besé frente al océano. Las cosas nacieron espontáneamente, ni siquiera tuve que preparar mi libreto de cazador consumado. Con un jueguito de manos vinieron los besos y de allí los apachurramientos y la excitación y luego el hostal. Ella estaba en su período y no quiso enrojecer el mediodia. La fellatio es una vieja práctica romana, incaica, milenaria y universal. Lo gocé y más cuando se tragó mis esencias. Me dijo que quería repetir cada cierto tiempo y fuí franco, puede ser, pero soy un diversificador, no podría tener una amante, sólo una y menos aún una que duráse más de tres meses. El amante perfecto sabe que ninguna relación por fuera se sostiene saludable si dura mucho. Llega un momento en que la "trampa" pide ser la catedral. Conozco a muchos tarugos que finalmente hasta se enamoran de la trampa y echan a perder su hogar, los hijos padecen y todo se quiebra. Mal juego, jugador.
lunes, 31 de marzo de 2008
jueves, 27 de marzo de 2008
Un día cualquiera
Siempre quise ser diplomático, pues era la vía a la vida bohemia y cosmopolita. Por alguna razón terminé estudiando medicina. Pero esa es otra historia. La medicina no me ha impedido ejercer mi vocación real, al menos, devorando libros de Historia, filosofía, literatura y otros más en todas las áreas del conocimiento. He viajado más que cualquier embajador y he amado como marinero errante.
Fue en una taberna de Munich y mareado por las cervezas que comprendí lo importante de conocer el cuerpo y sus dinámicas internas. Un hombre, bien entrado en los 60, se encorvó sobre la barra, parecía morir de ahogos. Nadie se atrevió a acercarse. Los alemanes parecen muy envalentonados a la hora de la chacota, pero en las crisis se arredran. Lo eché al suelo y le apliqué respiraciòn artificial y bombeo por golpe en el pecho. Mientras venía la ambulancia, los primeros auxilios permitirían al hombre mantener oxigenado el cerebro. Pero no había mucho tiempo.
Lamentablemente el hombre murió en mis brazos y reparé en lo importante que es recordar la mortalidad y hundirse en la vida, así literalmente. Lo diré en otros términos, hay que vivir aquí y ahora de la mejor manera que podamos.
Unos años después en Sudafrica entendí que la vida vale su peso en oro y que sólo nos damos cuenta al borde de un abismo. Cuando salí del hotel Furuanba en el centro de Johanesburg tres sujetos negros, macilentos y rabiosos, me siguieron. Las calles parecían atestadas de hombres atentos a caerle encima a cualquier turista blanco. Cuando me cercioré que me seguían enrumbé a una verdulería, pero los hombres no pararon en el intento de acorralarme para robarme. En la puerta de la tienda me detuvieron, me golpearon con saña y me quitaron mi dinero y mi pasaporte. Cuando uno de ellos se disponía a hacerle leña con un fierro, llegó la policía. Quedé mal herido en un hospital y la vi muy verde para salir de Africa y volver a Lima. Si hubiera llegado como diplomático y no como aventurero hubiera sido otra cosa.
Mi siguiente brote de adrenalina lo viví en París hace poco. Admito que mi francés no es el mejor y que a los franceses les pica que un extranjero hable un mal francés. En esos casos si voy a una baguetería y me agenció de una jugosa empanadita parisina, la obtengo por haberla pedido en inglés. Si la pido en mal francés es posible que ni me atiendan. He tenido muchas broncas con los malhumorados francos y detesto volver. Quizás por eso me metí en un lío fenomenal con Antoine, el esposo de una amiga peruana. Él me detestaba y yo a él, sólo por Martha hablabamos y conciliabamos en conversaciones monótonas y formales. Un buen día le dije que mi ciudad predilecta era Estambul, que me había enamorado bajo su cielo anaranjado.
El sujeto rabió y la cosa llegó tan lejos que me apuntó con su revólver. Corrí asustado y me alcanzó una bala en la pantorrilla. Fue un roce, pero suficiente para derribarme. Sentí mucho frío, no sentì dolor sino una quemazón en la piel. Poco a poco sentí que me faltaba el aire y que el mundo se me iba. Ignoraba si la bala me había penetrado el cuerpo, pero sangraba profusamente.
Desperté en el hospital y cuando salí, lo primero que hice fue buscar a Martha en su apartamento cuando el sujeto trabajaba. Se disculpó por él, pero la arrastré a la cocina y copulamos sobre una mesa repleta de verduras y picantes, de salsas y frutas. Jugamos a probar los sabores y a untarnos desnudos de aceite de girasol, bebí su grasa en la piel. Nos besamos entre sabores dulces y amargos. Nunca lo disfruté tanto hasta que el sujeto llegó sorpresvamente y antes de tiempo. Lo habían liberado, pero estaba sujeto al juicio. Me escondí en el closet de su habitaciòn (la clásica) y oí cuando conversaban y cuando él la desnudaba y descubría el aceite y las salsas en su cuerpo. Oí el tronar del arma y temblé. Esta vez sería definitiva.
Mientras buscaba en la cocina, me introduje por un ducto y gané el pasadizo del edificio y luego la calle. Caminé desnudo por algunas calles y a la vista de la Torre Eiffel me arrestaron por indecente. Me embarcaron en un aviòn al día siguiente.
Cuando uno pasa por esas cosas aprende más de la vida que de la muerte, y al final si sólo algo tenemos es este preciso instante en que tecleo mi computadora, en que masco la andelia de menta y gozo del aire helado y calmo de mi habitación
Fue en una taberna de Munich y mareado por las cervezas que comprendí lo importante de conocer el cuerpo y sus dinámicas internas. Un hombre, bien entrado en los 60, se encorvó sobre la barra, parecía morir de ahogos. Nadie se atrevió a acercarse. Los alemanes parecen muy envalentonados a la hora de la chacota, pero en las crisis se arredran. Lo eché al suelo y le apliqué respiraciòn artificial y bombeo por golpe en el pecho. Mientras venía la ambulancia, los primeros auxilios permitirían al hombre mantener oxigenado el cerebro. Pero no había mucho tiempo.
Lamentablemente el hombre murió en mis brazos y reparé en lo importante que es recordar la mortalidad y hundirse en la vida, así literalmente. Lo diré en otros términos, hay que vivir aquí y ahora de la mejor manera que podamos.
Unos años después en Sudafrica entendí que la vida vale su peso en oro y que sólo nos damos cuenta al borde de un abismo. Cuando salí del hotel Furuanba en el centro de Johanesburg tres sujetos negros, macilentos y rabiosos, me siguieron. Las calles parecían atestadas de hombres atentos a caerle encima a cualquier turista blanco. Cuando me cercioré que me seguían enrumbé a una verdulería, pero los hombres no pararon en el intento de acorralarme para robarme. En la puerta de la tienda me detuvieron, me golpearon con saña y me quitaron mi dinero y mi pasaporte. Cuando uno de ellos se disponía a hacerle leña con un fierro, llegó la policía. Quedé mal herido en un hospital y la vi muy verde para salir de Africa y volver a Lima. Si hubiera llegado como diplomático y no como aventurero hubiera sido otra cosa.
Mi siguiente brote de adrenalina lo viví en París hace poco. Admito que mi francés no es el mejor y que a los franceses les pica que un extranjero hable un mal francés. En esos casos si voy a una baguetería y me agenció de una jugosa empanadita parisina, la obtengo por haberla pedido en inglés. Si la pido en mal francés es posible que ni me atiendan. He tenido muchas broncas con los malhumorados francos y detesto volver. Quizás por eso me metí en un lío fenomenal con Antoine, el esposo de una amiga peruana. Él me detestaba y yo a él, sólo por Martha hablabamos y conciliabamos en conversaciones monótonas y formales. Un buen día le dije que mi ciudad predilecta era Estambul, que me había enamorado bajo su cielo anaranjado.
El sujeto rabió y la cosa llegó tan lejos que me apuntó con su revólver. Corrí asustado y me alcanzó una bala en la pantorrilla. Fue un roce, pero suficiente para derribarme. Sentí mucho frío, no sentì dolor sino una quemazón en la piel. Poco a poco sentí que me faltaba el aire y que el mundo se me iba. Ignoraba si la bala me había penetrado el cuerpo, pero sangraba profusamente.
Desperté en el hospital y cuando salí, lo primero que hice fue buscar a Martha en su apartamento cuando el sujeto trabajaba. Se disculpó por él, pero la arrastré a la cocina y copulamos sobre una mesa repleta de verduras y picantes, de salsas y frutas. Jugamos a probar los sabores y a untarnos desnudos de aceite de girasol, bebí su grasa en la piel. Nos besamos entre sabores dulces y amargos. Nunca lo disfruté tanto hasta que el sujeto llegó sorpresvamente y antes de tiempo. Lo habían liberado, pero estaba sujeto al juicio. Me escondí en el closet de su habitaciòn (la clásica) y oí cuando conversaban y cuando él la desnudaba y descubría el aceite y las salsas en su cuerpo. Oí el tronar del arma y temblé. Esta vez sería definitiva.
Mientras buscaba en la cocina, me introduje por un ducto y gané el pasadizo del edificio y luego la calle. Caminé desnudo por algunas calles y a la vista de la Torre Eiffel me arrestaron por indecente. Me embarcaron en un aviòn al día siguiente.
Cuando uno pasa por esas cosas aprende más de la vida que de la muerte, y al final si sólo algo tenemos es este preciso instante en que tecleo mi computadora, en que masco la andelia de menta y gozo del aire helado y calmo de mi habitación
martes, 25 de marzo de 2008
Rina
Hay quienes se alojan en la memoria con su voz insidiosa y que nunca desaparecen. Recién me había graduado de médico (hasta ahora ignoro por qué) cuando conocí a Rina. Fue en una fiesta en la casa del embajador de Italia en Lima. Aún tengo en la retina el exquisito tropel de bellezas en ese salón, entre las que destacaba ella.
Burlando la vigilancia de Andrea, entonces mi novia, me acerqué a hablarle, la llamé "Isabella", ella se remeció de la sorpresa. Intuyó que era un truco para abordarla, pero sonrió. Con su sonrisa gané media batalla. Lo demás fue fácil, salvo por la cercanía de mi noviecita inquieta.
No la vi por meses y, al decir verdad, pensé que nunca la vería pese a que deslicé en su mano una tarjeta en la que me presentaba como doctorcito a domicilio. No me llamó y quedé descorazonado.
En realidad fue el azar el que me la pusó enfrente nuevamente. Había estado viajando por España, me había enamorado en Toledo y casi me había divorciado en Sevilla. Lo primero se los contaré algún día, pues salí muy magullado por la furia de un esposo celoso. En la segunda ciudad, me dí a cocinar en una escuela de cocina española. Durante un mes la hice con ricuras culinarias, incluida la hija de un hornero. Mi flamante esposa sospechaba que algo extraño había entre ambos y cuando me descubrió trepando a un balcón me rompió la nariz, fue una batalla campal y nos dimos a la decisión terminante de divorciarnos. Bueno, ella empezó cuando se acostó con su primo en Lima, poco antes de volar a Europa. Los vi en el hostal.
La cosa es que se puso muy mal, su corazón se quebró casi literalmente. En Lima volvió todo a la normalidad hasta que Rina reapareció. Fue la única mujer en el mundo que me moviò el piso y trapeó las losetas con mi piel. Fue en una pizzeria de San Isidro. Ella estaba con una amiga, yo con mis hermanitas en la otra mesa, pero me acerqué y le recordé aquella noche que nos vimos. Al principio fingió no conocerme. Luego un atisbo de sonrisa me dio la seña que necesitaba para el abordaje mayor. Me deshice de mis hermanas y acompañamos a un paradero a su amiga y luego nos fuimos a la librería Crisol en el Ovalo Gutiérrez.
La invadí de poesía, la ilustré sobre Rayuela y le di las instrucciones necesarias para leerlo. Le comenté someramente la mejor bibliografía de literatura inglesa, le recomendé a los románticos y le expliqué el valor de vivir peligrosamente y sin pedir permiso, sin "cuidate mucho" de por medio ni reservas inútiles.
Al día siguiente salimos. Supuestamente la empresa paterna con mi padre en Madrid, me demandaba tiempo. Ese era el cuento en casa. En los hechos, le enseñé a doblegar al océano en mi tabla, jugamos tenis y comimos las más finas delicias francesas, mi especialidad. Le enseñé las combinaciones extraordinarias entre quesos y vinos y a maridar con carnes. En la noche alquilamos una suite frente al mar en un hotel exclusive, de luxe. Nos amamos una noche, un día, una tarde.
La llevé a Nueva York. Pero al regreso ocurrió lo perfectamente previsible. Hundidos en el sillón del auto, en su garaje cerrado y oculto, me dijo que era hora de decidir entre ella y mi mujer, que su dignidad le impedía mantenerse como trampa. Me sugirió juez para mi divorcio y municipio para el casorio. Con un hijo en camino y como lean entendedor de los procesos de la vida, le hice saber que lo nuestro era una bendición porque era temporal y que el amor debía morir en su plenitud y no en su decadencia. Mejor era recordarla bella y deseada que en el ocaso. Que jamás me casaría con quien amo porque sería un error estratégico a pagar carísimo. Mi opción era, le dije, el matrimonio abierto, que Sartre y la Beauvior descubrieron en la infidelidad cantada el matrimonio perfecto. Amar es padecer, prefiero la indiferencia en una sana convivencia.
Le parecí extraño y conchudamente cínico, pero era mi opción, la que sabiamente había cultivado a lo largo de estos años. Quería a mi mujer, pero no la amaba y quererla me era suficiente para lograr esa imprescindible sensación de estabilidad y arraigo que asalta a todo hombre pasados los 30.
Rina me amenazó y luego de hablarle y rodear de explicaciones mi decisión, se calmó. La dejé llorosa en su habitación, mientras sus padres dormían.
Nunca más la volví a ver.
Burlando la vigilancia de Andrea, entonces mi novia, me acerqué a hablarle, la llamé "Isabella", ella se remeció de la sorpresa. Intuyó que era un truco para abordarla, pero sonrió. Con su sonrisa gané media batalla. Lo demás fue fácil, salvo por la cercanía de mi noviecita inquieta.
No la vi por meses y, al decir verdad, pensé que nunca la vería pese a que deslicé en su mano una tarjeta en la que me presentaba como doctorcito a domicilio. No me llamó y quedé descorazonado.
En realidad fue el azar el que me la pusó enfrente nuevamente. Había estado viajando por España, me había enamorado en Toledo y casi me había divorciado en Sevilla. Lo primero se los contaré algún día, pues salí muy magullado por la furia de un esposo celoso. En la segunda ciudad, me dí a cocinar en una escuela de cocina española. Durante un mes la hice con ricuras culinarias, incluida la hija de un hornero. Mi flamante esposa sospechaba que algo extraño había entre ambos y cuando me descubrió trepando a un balcón me rompió la nariz, fue una batalla campal y nos dimos a la decisión terminante de divorciarnos. Bueno, ella empezó cuando se acostó con su primo en Lima, poco antes de volar a Europa. Los vi en el hostal.
La cosa es que se puso muy mal, su corazón se quebró casi literalmente. En Lima volvió todo a la normalidad hasta que Rina reapareció. Fue la única mujer en el mundo que me moviò el piso y trapeó las losetas con mi piel. Fue en una pizzeria de San Isidro. Ella estaba con una amiga, yo con mis hermanitas en la otra mesa, pero me acerqué y le recordé aquella noche que nos vimos. Al principio fingió no conocerme. Luego un atisbo de sonrisa me dio la seña que necesitaba para el abordaje mayor. Me deshice de mis hermanas y acompañamos a un paradero a su amiga y luego nos fuimos a la librería Crisol en el Ovalo Gutiérrez.
La invadí de poesía, la ilustré sobre Rayuela y le di las instrucciones necesarias para leerlo. Le comenté someramente la mejor bibliografía de literatura inglesa, le recomendé a los románticos y le expliqué el valor de vivir peligrosamente y sin pedir permiso, sin "cuidate mucho" de por medio ni reservas inútiles.
Al día siguiente salimos. Supuestamente la empresa paterna con mi padre en Madrid, me demandaba tiempo. Ese era el cuento en casa. En los hechos, le enseñé a doblegar al océano en mi tabla, jugamos tenis y comimos las más finas delicias francesas, mi especialidad. Le enseñé las combinaciones extraordinarias entre quesos y vinos y a maridar con carnes. En la noche alquilamos una suite frente al mar en un hotel exclusive, de luxe. Nos amamos una noche, un día, una tarde.
La llevé a Nueva York. Pero al regreso ocurrió lo perfectamente previsible. Hundidos en el sillón del auto, en su garaje cerrado y oculto, me dijo que era hora de decidir entre ella y mi mujer, que su dignidad le impedía mantenerse como trampa. Me sugirió juez para mi divorcio y municipio para el casorio. Con un hijo en camino y como lean entendedor de los procesos de la vida, le hice saber que lo nuestro era una bendición porque era temporal y que el amor debía morir en su plenitud y no en su decadencia. Mejor era recordarla bella y deseada que en el ocaso. Que jamás me casaría con quien amo porque sería un error estratégico a pagar carísimo. Mi opción era, le dije, el matrimonio abierto, que Sartre y la Beauvior descubrieron en la infidelidad cantada el matrimonio perfecto. Amar es padecer, prefiero la indiferencia en una sana convivencia.
Le parecí extraño y conchudamente cínico, pero era mi opción, la que sabiamente había cultivado a lo largo de estos años. Quería a mi mujer, pero no la amaba y quererla me era suficiente para lograr esa imprescindible sensación de estabilidad y arraigo que asalta a todo hombre pasados los 30.
Rina me amenazó y luego de hablarle y rodear de explicaciones mi decisión, se calmó. La dejé llorosa en su habitación, mientras sus padres dormían.
Nunca más la volví a ver.
lunes, 24 de marzo de 2008
Cosas de sobrino
Suelo aconsejar a mi sobrino Daniel. El tiene 17 años y quiere ser político. Está inscrito en el Apra. Yo le digo que para ser político hay que haber firmado un pacto con el diablo (Max Weber dixit) y él no se importuna. Es más, yo he hecho política y estoy dispuesto a volver al ruedo. Me fascina lo que la política tiene de juego y de teatro.
Daniel me sigue y me llama porque cree que lo aconsejo mejor que su padre y fuí yo quien lo disuadí cuando enrumbaba a visitar a una puta (mal consejo de su viejo, mi cuñado). Poco antes de subirse al bus lo acorralé con mi carro y me lo llevé a comer helados. Él frecuenta a una chica que hoy es su novia. Le hace el amor y siempre se cuida. Me precio de ser el causante y de que el militarón lo odie más aún porque escribe poesía. Le enseñé las técnicas de la poesía modernista, le presenté a Darío. Más que eso, lo llevé a Paris y transitamos por varias galerías de arte. Le enseñé a comer y modales.
Su padre dice que es un maricón porque escribe poesía y porque quiere estudiar literatura en La Católica. Me odia, además, porque le enseñé a responderle con diplomacia e ironía, a dejarlo callado. Lo instruí en el diálogo socrático aunque conlleve odios genuinos.
Bueno, la cosa es que su padre me buscó pistola en mano con un soldado. Su objetivo: asustarme. Para su desgracia- y para la má- irrumpió en mi habitación (allanó mi casa) cuando le hacía el amor a Paula, mi secretaria, y en la mismisima cama de mi mismisima esposa, entonces en Arequipa con Luisito.
Paula corrió como alma que lleva el diablo y mientras el Comandante me apuntaba con su arma, opté por Rossini, por la música de trueno en medio de mi cuarto. Lo miré sin decir nada y dejando que agotara todos sus argumentos. Lanzó todas las amenazas imaginables y mientras se destemplaba, bebí una copa de mi mejor vino, que no es italiano, francés o argentino, sino alemán. Sopréndase y no sea tan apegado a los viejos esquemas. Hay un vino alemán bastante viejo y de Baviera que es el mejor del mundo "Bonestage" cosecha de 1941, en pleno auge del nazismo. Se habla de un transplante de tierras desde Lyon.
Mi querido cuñado no se inmutó, pero más tarde, se que se dejó abrumar por una sensación de derrota. No logró espantarme ni extraer una sola gesticulación de miedo. Comprendió que eso era exactamente lo que le había enseñado a su hijo. Desde entonces lo sigo aleccionando. Por lo pronto ya le reservé mi colección de historia francesa de Sigour, Ed. Libor, Madrid, 1968. Me adoran y, por cierto, mantuvo en secreto lo que por cosas del destino le tocó ver aquella vez.
Daniel me sigue y me llama porque cree que lo aconsejo mejor que su padre y fuí yo quien lo disuadí cuando enrumbaba a visitar a una puta (mal consejo de su viejo, mi cuñado). Poco antes de subirse al bus lo acorralé con mi carro y me lo llevé a comer helados. Él frecuenta a una chica que hoy es su novia. Le hace el amor y siempre se cuida. Me precio de ser el causante y de que el militarón lo odie más aún porque escribe poesía. Le enseñé las técnicas de la poesía modernista, le presenté a Darío. Más que eso, lo llevé a Paris y transitamos por varias galerías de arte. Le enseñé a comer y modales.
Su padre dice que es un maricón porque escribe poesía y porque quiere estudiar literatura en La Católica. Me odia, además, porque le enseñé a responderle con diplomacia e ironía, a dejarlo callado. Lo instruí en el diálogo socrático aunque conlleve odios genuinos.
Bueno, la cosa es que su padre me buscó pistola en mano con un soldado. Su objetivo: asustarme. Para su desgracia- y para la má- irrumpió en mi habitación (allanó mi casa) cuando le hacía el amor a Paula, mi secretaria, y en la mismisima cama de mi mismisima esposa, entonces en Arequipa con Luisito.
Paula corrió como alma que lleva el diablo y mientras el Comandante me apuntaba con su arma, opté por Rossini, por la música de trueno en medio de mi cuarto. Lo miré sin decir nada y dejando que agotara todos sus argumentos. Lanzó todas las amenazas imaginables y mientras se destemplaba, bebí una copa de mi mejor vino, que no es italiano, francés o argentino, sino alemán. Sopréndase y no sea tan apegado a los viejos esquemas. Hay un vino alemán bastante viejo y de Baviera que es el mejor del mundo "Bonestage" cosecha de 1941, en pleno auge del nazismo. Se habla de un transplante de tierras desde Lyon.
Mi querido cuñado no se inmutó, pero más tarde, se que se dejó abrumar por una sensación de derrota. No logró espantarme ni extraer una sola gesticulación de miedo. Comprendió que eso era exactamente lo que le había enseñado a su hijo. Desde entonces lo sigo aleccionando. Por lo pronto ya le reservé mi colección de historia francesa de Sigour, Ed. Libor, Madrid, 1968. Me adoran y, por cierto, mantuvo en secreto lo que por cosas del destino le tocó ver aquella vez.
Problemas
Mi amigo Juan me pregunta cuántas mujeres han pasado por mi vida y por qué sigo casado con mi mujer. Dificiles respuestas para preguntas tan complicadas.
Mi vida en números me advierte la presencia de 456 mujeres. Esta cifra es un cajón de sastre, entran amantes, copuladoras de ocasión (jamás pagadas), amores auténticos, pasiones, un par de esposas y demás. Las cuento por países que he visitado (Francia, Italia, España, Suecia, Holanda, Argentina, Colombia, Bolivia, Chile, Panamá, Venezuela, Ecuador, Estados Unidos, México, Japón, China y demás). No diré más. El secreto, el afrancesado savoir faire, el ingenio y una pizca de atrevimiento. Me ayudan mis trucos de cocina gourmet, mi propensión a decir lo que sé de arte y, desde luego, el buen gusto para vestir. Mi padre vive en Madrid y es gracias a él que accedo al mejor vestuario, me lleva a las mejores tiendas. El viejo sí que se conoce todos los huecos de la elegancia masculina.
¿Por qué sigo con Adriana? No sigo con ella. La cantidad de amantes no me desmiente. Vivo con ella, pero eso es una cosa distinta. El amor a mi hijo Luis (10) me mantiene en casa y nada más. Hay tantas cosas que decir sobre esa mujer que puedo resumir todo a muy pocas palabras: su propensión a la impiedad. Echó a su madre anciana de la casa y, pese a mis intentos, desapareciò en la oscuridad de un asilo lobrego. Traicionó a su mejor amiga, abortó tres veces, jamás perdona, tiene un humor de diablo. Con decir que hace unas semanas golpeó con un martillo en la mano de un niño grosero y nos vimos enfrascados en un pleito fenomenal con sus padres. Diré además que desprecia a los viejos, a los cholos, a los negros y que en un momento y cuando creía que iba a morir casi envenena a su hijo. Por lo menos lo pensó.
Un hombre de mundo jamás divide a los seres humanos en buenos y malos, abomina del maniqueismo, que es una forma de volverse juez de la gente. Pero Adriana es lo que puede llamarse "una persona propensa a dañar, a ejercer el mal, a plasmar en los hechos la extraordinaria frase de Sartre "el infierno es el otro" y ella lo es. Yo no soy dado al odio, el perdón me es natural y, además, no necesito apelar a la venganza, eso es una vulgaridad. Me basta con sentirme compensado con mis travesuras.
Abandonó a su hermana enferma y la dejó morir sin prestarle ayuda (yo recién lo supe), pues años atrás, la Laura la había ofendido. Desde ese día dejó de visitarla, le prohibió ver a Luis. La acusó falsamente de tener una relación secreta conmigo.
Cuando supe de la muerte y del abandono de su hermana, se lo increpé. Nos líamos en un pelea terrible donde las cucharas y los platos llovieron por mi cabeza y algunos dieron en el blanco. Terminé en la Clínica Vesalio (¿así se escribe?) Aún me duelen las cicatrices.
Soy un aventurero que administra una empresa de (...), sólo voy a ella para estar lejos de Adriana. A veces salgo y viajo más de la cuenta y practico deportes de aventura (amo Huaraz), por alejarme y llegar tarde a casa y por tentar la muerte en infinidad de peligros.
Pero soy libre e infiel, afortunadamente infiel y hasta con ganas y buen gusto. Hace unos días gasté miles de dólares en el Marriot con Alejandra, una profesora de inglés que conocí en Punta Sal hace un año. Bebimos el mejor vino, frutas, música selecta, la mejor vista, la habitación más cara. Adriana cree que viajé a Sao Paulo por negocios. Odio mentirle, pero he adquirido la habilidad de creerme yo mismo lo que le digo. Me he convertido en un maestro del disimulo. Y no me arrepiento. Y no es por despecho o repulsión, pues la he perdonado, sólo es mi espíritu expansivo y mi afán por la buena vida.
Por último, la experiencia me ha enseñado que no hay peor error que soltarlo todo en casa. La mejor forma de mantener a flote un matrimonio que se sostiene por cualquier cosa menos por amor, es no contar las cosas que nos ocurren. En tal circunstancias la relación con una mujer es puramente estratégica. Cuando dormimos con el enemigo lo que queda por delante es el silencio calculado, la jugada oportuna, la táctica. No soy un buen esposo, soy un estratega sagaz desde que me levanto y la veo untar su tostada hasta que me acuesto y la crispo como un Casanova. Ese es el mejor consejo para un divorciado que debe lidiar con su mujer o quien, por los hijos, debe convivir con una mujer complicada y malosa.
Juan me pregunta cómo la conocí. Pues es una fiesta, mientras me fumaba un puro echado en una hamaca. Sí, nuevamente la playa. La vi a lo lejos, pensativa. Una morena de ojos claros, llorosa. Había terminado una relación esa tarde y fue desde allí que yo entré a tallar.
Mi vida en números me advierte la presencia de 456 mujeres. Esta cifra es un cajón de sastre, entran amantes, copuladoras de ocasión (jamás pagadas), amores auténticos, pasiones, un par de esposas y demás. Las cuento por países que he visitado (Francia, Italia, España, Suecia, Holanda, Argentina, Colombia, Bolivia, Chile, Panamá, Venezuela, Ecuador, Estados Unidos, México, Japón, China y demás). No diré más. El secreto, el afrancesado savoir faire, el ingenio y una pizca de atrevimiento. Me ayudan mis trucos de cocina gourmet, mi propensión a decir lo que sé de arte y, desde luego, el buen gusto para vestir. Mi padre vive en Madrid y es gracias a él que accedo al mejor vestuario, me lleva a las mejores tiendas. El viejo sí que se conoce todos los huecos de la elegancia masculina.
¿Por qué sigo con Adriana? No sigo con ella. La cantidad de amantes no me desmiente. Vivo con ella, pero eso es una cosa distinta. El amor a mi hijo Luis (10) me mantiene en casa y nada más. Hay tantas cosas que decir sobre esa mujer que puedo resumir todo a muy pocas palabras: su propensión a la impiedad. Echó a su madre anciana de la casa y, pese a mis intentos, desapareciò en la oscuridad de un asilo lobrego. Traicionó a su mejor amiga, abortó tres veces, jamás perdona, tiene un humor de diablo. Con decir que hace unas semanas golpeó con un martillo en la mano de un niño grosero y nos vimos enfrascados en un pleito fenomenal con sus padres. Diré además que desprecia a los viejos, a los cholos, a los negros y que en un momento y cuando creía que iba a morir casi envenena a su hijo. Por lo menos lo pensó.
Un hombre de mundo jamás divide a los seres humanos en buenos y malos, abomina del maniqueismo, que es una forma de volverse juez de la gente. Pero Adriana es lo que puede llamarse "una persona propensa a dañar, a ejercer el mal, a plasmar en los hechos la extraordinaria frase de Sartre "el infierno es el otro" y ella lo es. Yo no soy dado al odio, el perdón me es natural y, además, no necesito apelar a la venganza, eso es una vulgaridad. Me basta con sentirme compensado con mis travesuras.
Abandonó a su hermana enferma y la dejó morir sin prestarle ayuda (yo recién lo supe), pues años atrás, la Laura la había ofendido. Desde ese día dejó de visitarla, le prohibió ver a Luis. La acusó falsamente de tener una relación secreta conmigo.
Cuando supe de la muerte y del abandono de su hermana, se lo increpé. Nos líamos en un pelea terrible donde las cucharas y los platos llovieron por mi cabeza y algunos dieron en el blanco. Terminé en la Clínica Vesalio (¿así se escribe?) Aún me duelen las cicatrices.
Soy un aventurero que administra una empresa de (...), sólo voy a ella para estar lejos de Adriana. A veces salgo y viajo más de la cuenta y practico deportes de aventura (amo Huaraz), por alejarme y llegar tarde a casa y por tentar la muerte en infinidad de peligros.
Pero soy libre e infiel, afortunadamente infiel y hasta con ganas y buen gusto. Hace unos días gasté miles de dólares en el Marriot con Alejandra, una profesora de inglés que conocí en Punta Sal hace un año. Bebimos el mejor vino, frutas, música selecta, la mejor vista, la habitación más cara. Adriana cree que viajé a Sao Paulo por negocios. Odio mentirle, pero he adquirido la habilidad de creerme yo mismo lo que le digo. Me he convertido en un maestro del disimulo. Y no me arrepiento. Y no es por despecho o repulsión, pues la he perdonado, sólo es mi espíritu expansivo y mi afán por la buena vida.
Por último, la experiencia me ha enseñado que no hay peor error que soltarlo todo en casa. La mejor forma de mantener a flote un matrimonio que se sostiene por cualquier cosa menos por amor, es no contar las cosas que nos ocurren. En tal circunstancias la relación con una mujer es puramente estratégica. Cuando dormimos con el enemigo lo que queda por delante es el silencio calculado, la jugada oportuna, la táctica. No soy un buen esposo, soy un estratega sagaz desde que me levanto y la veo untar su tostada hasta que me acuesto y la crispo como un Casanova. Ese es el mejor consejo para un divorciado que debe lidiar con su mujer o quien, por los hijos, debe convivir con una mujer complicada y malosa.
Juan me pregunta cómo la conocí. Pues es una fiesta, mientras me fumaba un puro echado en una hamaca. Sí, nuevamente la playa. La vi a lo lejos, pensativa. Una morena de ojos claros, llorosa. Había terminado una relación esa tarde y fue desde allí que yo entré a tallar.
Aquella vez repetida
Confieso que me inicié algo temprano en los avatares del amor y no precisamente en la entrepierna de una hetaira. Fue una tarde de invierno. Oía a Bach en mis 10 y mi prima Francesca se deslizó hacia mi cuarto. Furtiva como ella sola. Pero no sean mal pensados, Francesca no tenía otro interés que la música y el viejo piano de la casa. Por eso nos visitaba de vez en cuando, para tocar a Chopin y lo hacía muy bien como sus tártaras a lo Facossie. Ella venía de París, había nacido allí y pasado toda su niñez y parte de su adolescencia en la ciudad luz y allí la conocí. Habitabamos su casa.
Mi tío era un diplomatico y poeta. De él aprendí a escribir versos y la buena vida. Era un bon vivant que había recorrido el mundo. Nos fascinaba con sus historias en el desierto africano, sus cacerías. Yo siempre quise ser como él. Era un cosmopolita adicto a las novelas. De él también aprendí el amor a la música, a la buena música, a Mozart y Wagner, a los impresionistas en pintura.
Recuerdo que con la prima practicabamos en el piano y la odiaba porque tocaba mejor que yo la polonesa y brindabamos a escondidas. Ella a sus 14 parecía saber lo que hacía.
Mientras mis padres dormitaban en la sala, una tarde antes de regresar a Lima, yo me regalaba al deleite y sin saberlo, delante de la prima en la bibloteca de mi tío, rodeado de Milton, Cervantes, Zolá, libros que había leído en el mes de mi estancia en París. A solas me gozaba en mis ensoñaciones, mientras ella introducía sus dedos en su pubis, discreta al principio. Reparé en ella cuando oí sus gemidos y cuando noté que se acercaba.
Tuve miedo y lo tuve más cuando se descubrió a mí, cuando dejó ver su desnudez y me reveló lo que no sabía. Unas cavernas rojizas, muy blandas y húmedas. Esa fue mi primera percepción del sexo aún antes de abandonar la niñez. Ella saltó sobre mí, el sofá parecía que se iba a romper. Recuerdo al tiempo que no sangró, que antes de mí algún otro u otros más habían pasado por encima de ese cuerpo animal.
Cuando concluímos le expresé mi extrañeza. Trató de explicarme y de consolarme. Me pidiò que no dijera nada, que su padre la mataría. Nunca lo hice hasta hoy. Y precisamente luego de que volvimos, 30 años después a acostarnos. Esta vez recorridos y calmados, con toda la experiencia a cuestas. Casados ambos, hicimos el amor.
Mientras Lucía llevaba a Luis al peluquero, Francesca llegó a la casa. Venía de Palacio de Justicia, de tramitar su divorcio. Estaba triste y necesitaba un hombro en el cual apoyarse. Si Lucía estuviera en casa, la hubiera echado a la calle, la odia a morir. Copulamos sobre la mesa del comedor y sobre la alfombra de la sala. Luego desapereció. Todo fue tan distinto y ella era tan diferente. Las luces se apagan y el día da paso a las brumas de la noche. "Nosotros los de entonces ya no somos los mismos"
Mi tío era un diplomatico y poeta. De él aprendí a escribir versos y la buena vida. Era un bon vivant que había recorrido el mundo. Nos fascinaba con sus historias en el desierto africano, sus cacerías. Yo siempre quise ser como él. Era un cosmopolita adicto a las novelas. De él también aprendí el amor a la música, a la buena música, a Mozart y Wagner, a los impresionistas en pintura.
Recuerdo que con la prima practicabamos en el piano y la odiaba porque tocaba mejor que yo la polonesa y brindabamos a escondidas. Ella a sus 14 parecía saber lo que hacía.
Mientras mis padres dormitaban en la sala, una tarde antes de regresar a Lima, yo me regalaba al deleite y sin saberlo, delante de la prima en la bibloteca de mi tío, rodeado de Milton, Cervantes, Zolá, libros que había leído en el mes de mi estancia en París. A solas me gozaba en mis ensoñaciones, mientras ella introducía sus dedos en su pubis, discreta al principio. Reparé en ella cuando oí sus gemidos y cuando noté que se acercaba.
Tuve miedo y lo tuve más cuando se descubrió a mí, cuando dejó ver su desnudez y me reveló lo que no sabía. Unas cavernas rojizas, muy blandas y húmedas. Esa fue mi primera percepción del sexo aún antes de abandonar la niñez. Ella saltó sobre mí, el sofá parecía que se iba a romper. Recuerdo al tiempo que no sangró, que antes de mí algún otro u otros más habían pasado por encima de ese cuerpo animal.
Cuando concluímos le expresé mi extrañeza. Trató de explicarme y de consolarme. Me pidiò que no dijera nada, que su padre la mataría. Nunca lo hice hasta hoy. Y precisamente luego de que volvimos, 30 años después a acostarnos. Esta vez recorridos y calmados, con toda la experiencia a cuestas. Casados ambos, hicimos el amor.
Mientras Lucía llevaba a Luis al peluquero, Francesca llegó a la casa. Venía de Palacio de Justicia, de tramitar su divorcio. Estaba triste y necesitaba un hombro en el cual apoyarse. Si Lucía estuviera en casa, la hubiera echado a la calle, la odia a morir. Copulamos sobre la mesa del comedor y sobre la alfombra de la sala. Luego desapereció. Todo fue tan distinto y ella era tan diferente. Las luces se apagan y el día da paso a las brumas de la noche. "Nosotros los de entonces ya no somos los mismos"
Mi vida es exagerada
Por mis viajes, el número de mis amores, los innumerables libros que me he devorado, por mis pasiones desbocadas que me han traído más de un problema, por mi afán de estar en todas partes, soy un hombre de vida exagerada y así empiezo mi blog, para contarles todas mis experiencias.
Antonio
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