Suelo aconsejar a mi sobrino Daniel. El tiene 17 años y quiere ser político. Está inscrito en el Apra. Yo le digo que para ser político hay que haber firmado un pacto con el diablo (Max Weber dixit) y él no se importuna. Es más, yo he hecho política y estoy dispuesto a volver al ruedo. Me fascina lo que la política tiene de juego y de teatro.
Daniel me sigue y me llama porque cree que lo aconsejo mejor que su padre y fuí yo quien lo disuadí cuando enrumbaba a visitar a una puta (mal consejo de su viejo, mi cuñado). Poco antes de subirse al bus lo acorralé con mi carro y me lo llevé a comer helados. Él frecuenta a una chica que hoy es su novia. Le hace el amor y siempre se cuida. Me precio de ser el causante y de que el militarón lo odie más aún porque escribe poesía. Le enseñé las técnicas de la poesía modernista, le presenté a Darío. Más que eso, lo llevé a Paris y transitamos por varias galerías de arte. Le enseñé a comer y modales.
Su padre dice que es un maricón porque escribe poesía y porque quiere estudiar literatura en La Católica. Me odia, además, porque le enseñé a responderle con diplomacia e ironía, a dejarlo callado. Lo instruí en el diálogo socrático aunque conlleve odios genuinos.
Bueno, la cosa es que su padre me buscó pistola en mano con un soldado. Su objetivo: asustarme. Para su desgracia- y para la má- irrumpió en mi habitación (allanó mi casa) cuando le hacía el amor a Paula, mi secretaria, y en la mismisima cama de mi mismisima esposa, entonces en Arequipa con Luisito.
Paula corrió como alma que lleva el diablo y mientras el Comandante me apuntaba con su arma, opté por Rossini, por la música de trueno en medio de mi cuarto. Lo miré sin decir nada y dejando que agotara todos sus argumentos. Lanzó todas las amenazas imaginables y mientras se destemplaba, bebí una copa de mi mejor vino, que no es italiano, francés o argentino, sino alemán. Sopréndase y no sea tan apegado a los viejos esquemas. Hay un vino alemán bastante viejo y de Baviera que es el mejor del mundo "Bonestage" cosecha de 1941, en pleno auge del nazismo. Se habla de un transplante de tierras desde Lyon.
Mi querido cuñado no se inmutó, pero más tarde, se que se dejó abrumar por una sensación de derrota. No logró espantarme ni extraer una sola gesticulación de miedo. Comprendió que eso era exactamente lo que le había enseñado a su hijo. Desde entonces lo sigo aleccionando. Por lo pronto ya le reservé mi colección de historia francesa de Sigour, Ed. Libor, Madrid, 1968. Me adoran y, por cierto, mantuvo en secreto lo que por cosas del destino le tocó ver aquella vez.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario