lunes, 24 de marzo de 2008

Problemas

Mi amigo Juan me pregunta cuántas mujeres han pasado por mi vida y por qué sigo casado con mi mujer. Dificiles respuestas para preguntas tan complicadas.

Mi vida en números me advierte la presencia de 456 mujeres. Esta cifra es un cajón de sastre, entran amantes, copuladoras de ocasión (jamás pagadas), amores auténticos, pasiones, un par de esposas y demás. Las cuento por países que he visitado (Francia, Italia, España, Suecia, Holanda, Argentina, Colombia, Bolivia, Chile, Panamá, Venezuela, Ecuador, Estados Unidos, México, Japón, China y demás). No diré más. El secreto, el afrancesado savoir faire, el ingenio y una pizca de atrevimiento. Me ayudan mis trucos de cocina gourmet, mi propensión a decir lo que sé de arte y, desde luego, el buen gusto para vestir. Mi padre vive en Madrid y es gracias a él que accedo al mejor vestuario, me lleva a las mejores tiendas. El viejo sí que se conoce todos los huecos de la elegancia masculina.

¿Por qué sigo con Adriana? No sigo con ella. La cantidad de amantes no me desmiente. Vivo con ella, pero eso es una cosa distinta. El amor a mi hijo Luis (10) me mantiene en casa y nada más. Hay tantas cosas que decir sobre esa mujer que puedo resumir todo a muy pocas palabras: su propensión a la impiedad. Echó a su madre anciana de la casa y, pese a mis intentos, desapareciò en la oscuridad de un asilo lobrego. Traicionó a su mejor amiga, abortó tres veces, jamás perdona, tiene un humor de diablo. Con decir que hace unas semanas golpeó con un martillo en la mano de un niño grosero y nos vimos enfrascados en un pleito fenomenal con sus padres. Diré además que desprecia a los viejos, a los cholos, a los negros y que en un momento y cuando creía que iba a morir casi envenena a su hijo. Por lo menos lo pensó.

Un hombre de mundo jamás divide a los seres humanos en buenos y malos, abomina del maniqueismo, que es una forma de volverse juez de la gente. Pero Adriana es lo que puede llamarse "una persona propensa a dañar, a ejercer el mal, a plasmar en los hechos la extraordinaria frase de Sartre "el infierno es el otro" y ella lo es. Yo no soy dado al odio, el perdón me es natural y, además, no necesito apelar a la venganza, eso es una vulgaridad. Me basta con sentirme compensado con mis travesuras.

Abandonó a su hermana enferma y la dejó morir sin prestarle ayuda (yo recién lo supe), pues años atrás, la Laura la había ofendido. Desde ese día dejó de visitarla, le prohibió ver a Luis. La acusó falsamente de tener una relación secreta conmigo.

Cuando supe de la muerte y del abandono de su hermana, se lo increpé. Nos líamos en un pelea terrible donde las cucharas y los platos llovieron por mi cabeza y algunos dieron en el blanco. Terminé en la Clínica Vesalio (¿así se escribe?) Aún me duelen las cicatrices.

Soy un aventurero que administra una empresa de (...), sólo voy a ella para estar lejos de Adriana. A veces salgo y viajo más de la cuenta y practico deportes de aventura (amo Huaraz), por alejarme y llegar tarde a casa y por tentar la muerte en infinidad de peligros.

Pero soy libre e infiel, afortunadamente infiel y hasta con ganas y buen gusto. Hace unos días gasté miles de dólares en el Marriot con Alejandra, una profesora de inglés que conocí en Punta Sal hace un año. Bebimos el mejor vino, frutas, música selecta, la mejor vista, la habitación más cara. Adriana cree que viajé a Sao Paulo por negocios. Odio mentirle, pero he adquirido la habilidad de creerme yo mismo lo que le digo. Me he convertido en un maestro del disimulo. Y no me arrepiento. Y no es por despecho o repulsión, pues la he perdonado, sólo es mi espíritu expansivo y mi afán por la buena vida.

Por último, la experiencia me ha enseñado que no hay peor error que soltarlo todo en casa. La mejor forma de mantener a flote un matrimonio que se sostiene por cualquier cosa menos por amor, es no contar las cosas que nos ocurren. En tal circunstancias la relación con una mujer es puramente estratégica. Cuando dormimos con el enemigo lo que queda por delante es el silencio calculado, la jugada oportuna, la táctica. No soy un buen esposo, soy un estratega sagaz desde que me levanto y la veo untar su tostada hasta que me acuesto y la crispo como un Casanova. Ese es el mejor consejo para un divorciado que debe lidiar con su mujer o quien, por los hijos, debe convivir con una mujer complicada y malosa.

Juan me pregunta cómo la conocí. Pues es una fiesta, mientras me fumaba un puro echado en una hamaca. Sí, nuevamente la playa. La vi a lo lejos, pensativa. Una morena de ojos claros, llorosa. Había terminado una relación esa tarde y fue desde allí que yo entré a tallar.

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