Hay quienes se alojan en la memoria con su voz insidiosa y que nunca desaparecen. Recién me había graduado de médico (hasta ahora ignoro por qué) cuando conocí a Rina. Fue en una fiesta en la casa del embajador de Italia en Lima. Aún tengo en la retina el exquisito tropel de bellezas en ese salón, entre las que destacaba ella.
Burlando la vigilancia de Andrea, entonces mi novia, me acerqué a hablarle, la llamé "Isabella", ella se remeció de la sorpresa. Intuyó que era un truco para abordarla, pero sonrió. Con su sonrisa gané media batalla. Lo demás fue fácil, salvo por la cercanía de mi noviecita inquieta.
No la vi por meses y, al decir verdad, pensé que nunca la vería pese a que deslicé en su mano una tarjeta en la que me presentaba como doctorcito a domicilio. No me llamó y quedé descorazonado.
En realidad fue el azar el que me la pusó enfrente nuevamente. Había estado viajando por España, me había enamorado en Toledo y casi me había divorciado en Sevilla. Lo primero se los contaré algún día, pues salí muy magullado por la furia de un esposo celoso. En la segunda ciudad, me dí a cocinar en una escuela de cocina española. Durante un mes la hice con ricuras culinarias, incluida la hija de un hornero. Mi flamante esposa sospechaba que algo extraño había entre ambos y cuando me descubrió trepando a un balcón me rompió la nariz, fue una batalla campal y nos dimos a la decisión terminante de divorciarnos. Bueno, ella empezó cuando se acostó con su primo en Lima, poco antes de volar a Europa. Los vi en el hostal.
La cosa es que se puso muy mal, su corazón se quebró casi literalmente. En Lima volvió todo a la normalidad hasta que Rina reapareció. Fue la única mujer en el mundo que me moviò el piso y trapeó las losetas con mi piel. Fue en una pizzeria de San Isidro. Ella estaba con una amiga, yo con mis hermanitas en la otra mesa, pero me acerqué y le recordé aquella noche que nos vimos. Al principio fingió no conocerme. Luego un atisbo de sonrisa me dio la seña que necesitaba para el abordaje mayor. Me deshice de mis hermanas y acompañamos a un paradero a su amiga y luego nos fuimos a la librería Crisol en el Ovalo Gutiérrez.
La invadí de poesía, la ilustré sobre Rayuela y le di las instrucciones necesarias para leerlo. Le comenté someramente la mejor bibliografía de literatura inglesa, le recomendé a los románticos y le expliqué el valor de vivir peligrosamente y sin pedir permiso, sin "cuidate mucho" de por medio ni reservas inútiles.
Al día siguiente salimos. Supuestamente la empresa paterna con mi padre en Madrid, me demandaba tiempo. Ese era el cuento en casa. En los hechos, le enseñé a doblegar al océano en mi tabla, jugamos tenis y comimos las más finas delicias francesas, mi especialidad. Le enseñé las combinaciones extraordinarias entre quesos y vinos y a maridar con carnes. En la noche alquilamos una suite frente al mar en un hotel exclusive, de luxe. Nos amamos una noche, un día, una tarde.
La llevé a Nueva York. Pero al regreso ocurrió lo perfectamente previsible. Hundidos en el sillón del auto, en su garaje cerrado y oculto, me dijo que era hora de decidir entre ella y mi mujer, que su dignidad le impedía mantenerse como trampa. Me sugirió juez para mi divorcio y municipio para el casorio. Con un hijo en camino y como lean entendedor de los procesos de la vida, le hice saber que lo nuestro era una bendición porque era temporal y que el amor debía morir en su plenitud y no en su decadencia. Mejor era recordarla bella y deseada que en el ocaso. Que jamás me casaría con quien amo porque sería un error estratégico a pagar carísimo. Mi opción era, le dije, el matrimonio abierto, que Sartre y la Beauvior descubrieron en la infidelidad cantada el matrimonio perfecto. Amar es padecer, prefiero la indiferencia en una sana convivencia.
Le parecí extraño y conchudamente cínico, pero era mi opción, la que sabiamente había cultivado a lo largo de estos años. Quería a mi mujer, pero no la amaba y quererla me era suficiente para lograr esa imprescindible sensación de estabilidad y arraigo que asalta a todo hombre pasados los 30.
Rina me amenazó y luego de hablarle y rodear de explicaciones mi decisión, se calmó. La dejé llorosa en su habitación, mientras sus padres dormían.
Nunca más la volví a ver.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

4 comentarios:
Muy bueno.
Entiendo a Rina, pero entiendo también al tipo. Alguna vez escuché decir que el matrimonio es la tumba del amor.
Exagerado o no, a veces parece ser la cosa mas cierta.
Muy bueno tu blog.
Me encantó estar por aqui.
Besos!!
El matrimonio, querida Rina, solo nos da raices. Felizmente no ghe perdido mis alas aún.
Uy, jeje, un lapsus, te llamé Rina. Me trae a la mente recuerdos dulces, será por eso
Rina..Gabriela...acaso importa?
que bueno que aún conservés las alas...para cuando ya no las tengas conservá imaginación...
besitos...
Publicar un comentario